Todavía recuerdo aquellas noches impacientes en las que nos costaba tanto irnos a la cama o de las incesantes preguntas de mi hermana: ¿pero cómo puede ser que les de tiempo a repartir todos los regalos en una sola noche?, ¿y cómo abren las puertas?. Yo era tan inocente que aquello ni me lo planteaba, pero mi hermana siempre fue más espabilada y no tardó demasiado en descubrir la verdad. Y claro, esa verdad no tardó mucho tiempo en serme revelada... Aún así, tal era mi inocencia que cuando me lo contó lo negué en rotundo y no porque quisiera seguir recibiendo regalos sino porque había destruido toda la magia, toda mi ilusión... Hoy todavía se lo sigo echando en cara, ja ja ja...
Lo curioso es que a pesar de aquello, los reyes siguieron viniendo año tras año...
Y es que a pesar de saber la verdad, yo me seguía sintiendo una "niña" y en cierta manera había una parte de mi que seguía creyendo en los Reyes Magos.
Pero claro, todo llega a su fin y la niñez no dura eternamente. Así que la mía de alguna manera llegó y fue un día cualquiera de un mes cualquiera y de un año cualquiera. Parecerá tonto, pero yo supe que me hice mayor uno de esos días como tantos otros en que fui a jugar con mis vecinas y, oh sorpresa, en lugar de jugar e ir a comer chucherías, el plan se había convertido en "quedar con unos chicos". ¿Chicos? pensé yo, ¿desde cuando?. Me fui tan enfadada que me despedí de ellas y me fui corriendo a casa.
Sí, ese día me di cuenta que me había hecho mayor y de alguna manera debía de asumir que tenía que abandonar mi niñez, al menos de cara a la galería, y fue tan decepcionante, tan traumático...
Lo curioso es que a pesar de aquello, los reyes siguen viniendo, año tras año...
Gracias.
Que los Reyes Magos les traigan sus mejores deseos y NUNCA NUNCA abandonen a ese niño que llevan dentro.











